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LA NIÑA QUE NO TENÍA MUÑECAS

Cali, abril 2013

Yancy era una niña pobre, muy pobre, que vivía en un barrio pobre, muy pobre. Todos los días su mamá salía a trabajar con un gran perol encima de la cabeza y recorría la ciudad vendiendo aguacates.

Deyanira, como se llamaba la mamá de Yancy, la llevaba muy temprano a un hogar comunitario y la dejaba allí, todo el día, bajo el cuidado de Fidelia, una cariñosa señora que se hacía cargo de doce niños más.

El hogar “Alegres y Traviesos”, era una casa humilde, pequeña, construida en lo alto de la loma del barrio Vistalinda, con poco espacio, pero llena de amor, porque Fidelia adoraba su trabajo. Para ella, los niños eran lo más importante y a pesar de sus dificultades económicas, pues era tan pobre como la mayoría de la gente del barrio, se esmeraba en darles buena comida, tener todo muy limpio y fabricar con sus propias manos colchoncitos para que durmieran la siesta.

Lo que no había podido tener nunca eran juguetes para los niños que cuidaba. En el hogar no había con qué jugar. Se divertían con tapas de gaseosa, cajitas de cartón, piedritas o algún libro, viejo y ajado, que les mandaban a  regalar.

A pesar de estas carencias, Yancy se quedaba feliz, todas las mañanas. Allí, tenía amigos y eso era mucho mejor que permanecer encerrada y sola, en la pieza donde vivía con su mamá.

Sin embargo, siempre había querido tener una muñeca que la acompañara en su casa y la pudiera compartir con sus amiguitas del hogar. Soñaba con ella desde el día en que vio una preciosa muñeca de trapo en la vitrina de un almacén de lujo, cuando su mamá la llevó de paseo al centro comercial. Desde entonces se imaginaba su propia muñeca, con ojos negros, pelo largo, boca rosada y vestida con falda de colores y camisita blanca; pero como a su mamá nunca le alcanzaba la plata para comprarla, se hizo el propósito de fabricarla ella misma.

Pero ¿Con qué hacerla? En su casa no había trapos que sobraran, ni madera para tallar, ni colores para pintar. No importa, algo aparecerá, le dijo Deyanira para tranquilizarla.

Quiso la fortuna que un día se encontrara una pelota de plástico abandonada en la calle. Estaba totalmente desteñida y sucia. Yancy la recogió y la llevó a su casa.

-     Mamí, hagamos una muñeca con esta pelota que encontré.

-   ¿Con esa pelota vieja? Y ¿cómo la vamos a transformar en muñeca?- Preguntó, su mamá sonriendo ante la ocurrencia de su hijita.

-     Pues la pelota puede ser la cabeza. Se va a llamar Luz Dary.

-    Ah, bueno, si ya le tienes nombre, todo lo demás es más fácil– Deyanira tomó la bola, la observó con respeto y dijo – Necesitamos limpiarla.

La llevó al lavadero, la restregó con fuerza y el jabón le quitó el poco color que aún tenía. Ya limpiecita, casi traslúcida se la devolvió a Yancy. Era suficiente por ese día.

   -  Ya está, ahora a dormir. Mañana vemos como la arreglamos para que parezca una cara.

La niña se acostó en su camastro en un rincón de la estrecha habitación que compartía con su mamita y puso la pelota en el rincón, contra la pared, la cubrió cuidadosamente y se despidió de su futura compañera.

- Hasta mañana, Luz Dary, que sueñes con los angelitos – Le dio un beso cariñoso como hacía con ella su mamá y se durmió.

A la mañana siguiente, Yancy, metió la pelota en su mochila para llevarla al hogar. Tan pronto llegó se la mostró a sus compañeros. Entonces se formó tremenda pelea, porque los niños querían jugar con la pelota. Yancy se puso a llorar, mortificada porque la cabeza de Luz Dary, recuperara su condición de balón y fuera tratada a las patadas.

-   Es mía, es mía – gritaba, ahogada en llanto y, como no se la devolvían, se le fue encima a Roger, que era el que más patadas le había dado a su muñeca.

Los gritos y lamentos alertaron a Fidelia. Abandonó lo que estaba haciendo para venir a detener la pelea. Les arrebató la pelota y la suspendió encima de las cabecitas que miraban la bola con la expectativa de una piñata que se va a romper. Fidelia no se las devolvió, les ordenó que se sentaran para hablar del asunto.

-  A ver, a ver, ¿qué está pasando? Yancy, ¿por qué le pegaste a Roger?

-        Es que él me quitó mi muñeca– Respondió la niña en medio de sollozos y mocos.

Los compañeritos soltaron la carcajada.

–      Muñeca, jajajaa. Es una pelota. Queremos jugar con ella.

-    ¡No, no, noooo!. Es Luz Dary, mi muñeca- Gritó Yancy y siguió inconsolable.

La buena Fidelia decidió, para ser imparcial, guardar el balón, pelota o lo que fuera, en el armario con llave para que no se pelearan más y siguió su día sin percatarse de la tristeza de la niña.

Yancy no volvió a hablar. Ni ese día, ni los siguientes. Ni siquiera su mamá logró que le contara que pasaba. Deyanira no podía imaginarse el lío de la muñeca, simplemente pensaba que se le había extraviado o que se había quedado en el Hogar. Pero, para Yancy, lo sucedido era una tragedia.

En Navidad, algunas familias deciden donar sus juguetes viejos a los hogares más pobres. Así fue como llegó una enorme caja de cartón repleta de carritos sin llantas, muñecos de peluche remendados, y balones desinflados. Era regalos para el hogar comunitario “Alegres y Traviesos”. Los niños se abalanzaron a escoger de la caja lo que más les llamaban la atención. Todos sacaron algo, menos Yancy que permanecía distante y callada como había estado esas últimas semanas.Al terminar la jornada, Fidelia, les pidió recoger las cosas para guardarlas y volverlas a usar el día siguiente. Los niños, con sus respectivos juguetes, se agruparon alrededor de la Madre Comunitaria y cuando abrió el armario, saltó del interior la pelota que les había quitado el día de la pelea. La pelota, o la cabeza de la muñeca, rebotó y cayó en las manos de Yancy.

Los compañeritos soltaron la carcajada.

–      Muñeca, jajajaa. Es una pelota. Queremos jugar con ella.

-    ¡No, no, noooo!. Es Luz Dary, mi muñeca- Gritó Yancy y siguió inconsolable.

La buena Fidelia decidió, para ser imparcial, guardar el balón, pelota o lo que fuera, en el armario con llave para que no se pelearan más y siguió su día sin percatarse de la tristeza de la niña.

Yancy no volvió a hablar. Ni ese día, ni los siguientes. Ni siquiera su mamá logró que le contara que pasaba. Deyanira no podía imaginarse el lío de la muñeca, simplemente pensaba que se le había extraviado o que se había quedado en el Hogar. Pero, para Yancy, lo sucedido era una tragedia.

En Navidad, algunas familias deciden donar sus juguetes viejos a los hogares más pobres. Así fue como llegó una enorme caja de cartón repleta de carritos sin llantas, muñecos de peluche remendados, y balones desinflados. Era regalos para el hogar comunitario “Alegres y Traviesos”. Los niños se abalanzaron a escoger de la caja lo que más les llamaban la atención. Todos sacaron algo, menos Yancy que permanecía distante y callada como había estado esas últimas semanas.

Al terminar la jornada, Fidelia, les pidió recoger las cosas para guardarlas y volverlas a usar el día siguiente. Los niños, con sus respectivos juguetes, se agruparon alrededor de la Madre Comunitaria y cuando abrió el armario, saltó del interior la pelota que les había quitado el día de la pelea. La pelota, o la cabeza de la muñeca, rebotó y cayó en las manos de Yancy.

La niña la abrazó feliz como si se tratara de una aparición mágica y corrió para evitar que se la quitaran. Fidelia y los compañeritos la alcanzaron, tenía que regresar la pelota al armario junto con los otros juguetes. Pero, para sorpresa de todos, cuando Yancy la entregó, vieron que ya no era un balón desteñido, estaba perfectamente pintada como una carita de muñeca, con grandes ojos negros, cejas y pestañas y una boquita preciosa, rosada como sus mejillas.

Nunca nadie volvió a pensar que era una pelota. Era la cara de Luz Dary, por supuesto, la que le había devuelto la sonrisa a Yancy. Fidelia le prometió que iba a buscar un cuerpo para su muñeca, pero la niña no aceptó.

-       No, tranquila, profe. Ella se lo buscará solita. No ve que así fue con la cara.

Yancy se la llevó feliz. La acomodó en el morralito y le dio un beso para tranquilizarla.

-   La tengo que llevar allí para que no me la quiten- Le advirtió -Pero tranquila, Luz Dary, cuando lleguemos a la casa la vuelvo a sacar.

Al atardecer las calles de ese barrio se despoblaban. Las gentes buenas regresaban al final de la jornada de trabajo y ya en familia se refugiaban en sus casitas hechas de latas y cartones, para protegerse de los grupos de maleantes que deambulaban en busca de cualquier botín. Le arrebataban el pago a los operarios de la construcción, le quitaban las zapatillas a los estudiantes, o el reloj a cualquiera que pasara y luego iban con la dudosa mercancía a trocarla por bazuco o un frasquito de solución de caucho para calmar su adicción y su desesperación de jóvenes sin futuro.

Las armas que utilizaban para los atracos eran hechizas, construidas con cachas de revólveres, tubos de acero o pedazos de madera. Pero armas que asustaban y hacían daño, como el daño que le hicieron a Yancy, cuando una bala perdida se alojó en su cabeza y la dejó tendida junto al morralito en el que viajaba Luz Dary.

Cuando Deyanira llegó al hospital, ya la niña había fallecido. Le entregaron su cuerpo y pertenencias. Un policía tomó los datos y los funcionarios del centro le dieron un palmadita de pésame. Ella envolvió a Yancy en una sábana que le regalaron y se la llevó a buscar cómo enterrarla en su propio vecindario.

Esa noche colocó el cuerpo de la niña sobre el camastro, como si estuviera dormida. Sacó del morral la pelota y, al verla pintada como la cara de una muñeca de verdad, se puso a llorar inconsolable, hasta que se quedó dormida junto a su niña, abrazada a la cabeza de Luz Dary.

Al día siguiente cuando abrió los ojos. La cama estaba vacía. Salió como loca suplicando que le devolvieran a su niña, pero las vecinas la tranquilizaron. Se la habían llevado para la iglesia. El cura había hecho una colecta para comprarle el ataúd y pagar el entierro.

-    Vístase con esto, Deyanira, - le dijo una vecina compasiva, que le trajo una falda y una camisa negra para la ceremonia. – Yo la acompaño a la iglesia.

Cuando entró a la habitación para cambiarse, se sentó en camastro donde había pasado la noche con el cuerpecito de su niña. Tanteó debajo de la sábana buscando la cabeza de la muñeca para llevarla con ella al entierro y encontró el bulto inconfundible de la pelota, pero había algo más. Levantó la sábana y vio a Luz Dary completica, con piernas y manos de trapo, vestida con falda de colores y una camisita blanca y un hermoso pelo negro, tan negro como sus ojos, pintados sobre la textura blanda de la pelota.